Autorregulación......
Autonomía y coherencia personal.....
Autonomía proviene del griego auto, que significa mismo, y nomos, que indica norma; esto es, regirse uno mismo por sus leyes.
Coherencia,
es la correcta conducta que debemos mantener en todo momento, basada en
los principios familiares, sociales y religiosos aprendidos a lo largo
de nuestra vida.
La autonomía la
podemos entender como un atributo que hace que las personas cumplan por
sí mismas (sin necesidad de que alguien o algo los obligue), con lo que
se espera de ellas. Las personas autónomas y responsables son también
personas coherentes.

La coherencia
puede ser vista como un atributo de la personalidad, que distingue a los
ciudadanos participativos, respetuosos, responsables y maduros y que
hace que sus actos se ajusten siempre a un conjunto ordenado y coherente
de principios.
Si luego de
seguir un proceso de maduración personal, gracias a la toma de
conciencia moral, una persona advierte y aprecia la importancia de
respetar y seguir la doctrina de los derechos humanos, es necesario—para
ser responsable, autónomo y coherente—que esa persona guíe sus acciones
de manera cotidiana según los principios de la doctrina de los derechos
humanos.

Autonomía (del griego auto, "uno mismo", y nomos, "norma") es, en
términos generales, la capacidad de tomar decisiones sin intervención
ajena. Se opone a heteromancia. Es.Es un concepto moderno, procedente de
la Filosofía y, más recientemente, de la Psicología. En el ámbito
Filosófico se integra entre las disciplinas que estudian la conducta
humana (Ética), mientras que en el ámbito de la Psicología cobra
especial importancia en el estudio de la Psicología Evolutiva. La
autonomía es un concepto de la filosofía y la psicología evolutiva que
expresa la capacidad para darse normas a uno mismo sin influencia de
presiones externas o internas.La autonomía encarna el problema de cómo
se comporta el hombre ante sí mismo y la sociedad. Se ha estudiado
tradicionalmente en Filosofía bajo el binomio libertad-responsabilidad,
de manera que su opuesto sería el binomio
determinismo-irresponsabilidad. Los análisis sobre la libertad (o libre
albricio, como se denomina dentro de la tradición cristiana) recorren la
historia de la filosofía desde sus inicios, y cobran especial
importancia a partir de la introducción de la noción de pecado durante
la expansión del cristianismos. Eso explica que la cuestión de la
libertad no haya sido analizada con la misma abundancia durante la
antigüedad que durante las épocas posteriores.
Entendemos como coherencia la capacidad de actuar en armonía con las
propias convicciones. Convicción, en el sentido que se utiliza,
significa conciencia, por lo tanto coherencia es una actitud que permite
relacionar el sistema de creencias de cada uno con la actuación
personal. La coherencia es sólo un instrumento de la persona.
Utilizarla bien o mal es el reto. La coherencia para ser generadora de
actos virtuosos, tiene que cumplir dos condiciones: fundamentarse en la
recta conciencia y ejercitarse en el valor de obrar. ¿Nos preguntaremos
cómo se desarrolla la recta conciencia? La forma de hacerlo es
aplicándola, ejercitándola. En otras palabras, la conciencia se forma
utilizándola a partir del examen de los hechos cotidianos. Ese examen se
realiza a la luz de nuestro sistema de creencias, las cuales deberían
estar dirigidas al bien personal y de la colectividad. En el desarrollo
de la coherencia se necesitan de cuatro grandes virtudes: la prudencia
que nos dispone a discernir, en toda circunstancia, nuestro verdadero
bien, y a elegir los medios rectos para realizarlos. Es la regla de oro
de todo comportamiento que guía el juicio de la conciencia. Gracia a esa
virtud, podremos superar las dudas en las situaciones concretas. Otra
de las virtudes en juego es la justicia. Es la virtud moral que consiste
en la constante y firme voluntad de dar al prójimo lo que es debido,
disponerse a respetar los derechos de cada uno y establecer, en las
relaciones humanas, la armonía que promueve la equidad, respeto a las
personas y el bien común. Junto con la prudencia, es posiblemente la
virtud más necesaria y probablemente la más ausente. Otra de las
virtudes que influyen en la coherencia es la fortaleza. Expresa la
capacidad para perseverar, resistir y ser constante en la búsqueda del
bien. Reafirma la resolución de superar los obstáculos en la vida moral.
La virtud de la fortaleza nos hace capaces de vencer el temor, incluso a
la muerte y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. La
última condición virtuosa que contribuye a la coherencia y tal vez la
menos valorada es la virtud de la templanza, que modera la atención al
placer y vela por él equilibrio en el uso y provecho de los bienes
creados, evitando todo exceso. Significa autocontrol, y es una
condición necesaria para la honestidad y la discreción.
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